Desde siempre he sabido que mi codo servía para mucho más de lo que uno se imagina. Cuando los libros en la mesa de estudio se convertían en una autentica pesadilla a memorizar, una voz a la espalda decía “codos, codos, o no llegarás a nada” y con la infantil angustia de llegar a ese nada, repetía hasta la saciedad la lista de los hijos de Israel, o la dinastía de los Austria, loro inocente que no pretendía más que cumplir como buena niña. Años después, muy pocos, saliendo del cascaron aún, me di cuenta de un nuevo significado para mi codo, el mío y el de las que como yo habíamos decidido pasar a un estrato en la sociedad superior al que debíamos ocupar en cumplimiento de buenas enseñanzas, habíamos decidido crecer, ser libres, decidir, tener un YO con mayúsculas, sin nadie que aclarase más. Abrirse camino en un mundo masculino y paternalista, difícil y lo aun peor, teniendo de frente una legión de mujeres que en su comodidad unas y su ignorancia otras, entendían que...